Alastair Humphreys ha recorrido el mundo en bicicleta, ha remado el Océano Atlántico, ha atravesado 1.500 km del desierto de Rub al-Jali y ha recorrido India andando, pero también es un pionero de aventuras más cerca de casa.

© Alastair Humphreys

Suelo recibir montones de emails de gente muy ocupada, con mucho trabajo y poco tiempo pero que desea meter algo de aventura en su vida. El concepto de las microaventuras es algo que les atrae. Les gusta la idea de hacer algo pequeño como pasar la noche en una colina, entre semana, para sentir el sabor de la vida salvaje y la excitación de salir del marco.

Pero la misma pregunta tiende siempre a echarles atrás: “¿A dónde puedo ir?”

Si vives en un pueblo o en una pequeña ciudad responder a la pregunta no suele ser problema. ¡Basta con ir al campo, escalar una colina y a disfrutar!

Pero para la gente que vive en ciudades grandes (y que suele ser la que más siente el apremio de vivir microaventuras) hay dos dificultades. Una es conseguir definir el lugar al que ir. La otra es más conceptual: puede ser difícil para algunos que viven en ciudades grandes el imaginar que en algún lugar, más allá de las calles y de sus ruidos, existe un lugar en el campo, tranquilo, seguro y sin gente. Hablaré del segundo punto en primer lugar porque es la clave para todo el resto.

Incluso en una gran ciudad uno está rara vez muy lejos, en línea recta, de los primeros campos y vacas. Es difícil imaginarlo cuando uno está metido en el metro o en una torre de oficinas. Una tarde, en Londres, cogí la bici y empecé a pedalear con rumbo al norte, tan en línea recta como me era posible.

¡Tras más o menos un par de horas llegué a una campiña y vi las primeras vacas! Poco después dí con un riachuelo en el que darme un baño y una colina agradable sobre la que pasar la noche. La dificultad no fue encontrar campo. ¡La dificultad fue salir del cáos y del ruido y tener el coraje de coger la bici y largarme! Coge un tren, por supuesto, y saldrás de la ciudad mucho más rápido que yo en bici.

Ahora que te sientes a gusto con la extraña noción de salir de la ciudad un atardecer para ir a dormir al campo, ¿a dónde puedes ir?

Si tienes costumbre de coger el tren para ir a la ciudad a trabajar la respuesta es simple: si el tren pasa por una zona de campo bájate allí una tarde, armado con un saco de dormir y un bocata de queso, y ve a explorar la zona. Por la mañana, vuelve a saltar al tren y haz tu recorrido habitual hasta la ciudad.

¡Y si el tren no pasa por zonas de campo quédate en el vagón hasta que veas vacas, árboles y campos!

Si no tienes ningún tren a mano hazte con un mapa. Busca una zona en las afueras de la ciudad que no esté construida. Y ve allí. Para tu primera microaventura no te preocupes demasiado con tener que dar con una belleza y vida salvaje increíbles. Todo lo que te hace falta es un campo, bosques o una simple colina. A veces, encontrar un sitio que “no está mal”, no está nada mal. Porque la microaventura más difícil siempre es la primera. La que te permite sobrepasar la apatía, los nervios, las preocupaciones y las excusas. Una vez que lo hayas probado un par de veces te darás cuenta de lo fácil que es escaparse de la ciudad para pasar la noche fuera y verás lo divertido que es y lo mucho que te llena.

¡Inténtalo! Si no te gusta la experiencia no tendrás que volver a vivirla. Pero si te encanta podría cambiar tu forma de ver la vida. Es lo que me pasó a mí. Estoy escribiendo un libro sobre microaventuras que me va a ocupar gran parte de este año. Pero a pesar de ello sigo escapándome de vez en cuando para arrancarme del ordenador y pasar una noche bajo las estrellas. De verdad, te aconsejo de todo corazón que lo pruebes.

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