Brendan Leonard escala rocas y duerme en su furgoneta. Su vida es mucho mejor que la tuya. ¿Alguna duda?

© Dan Patitucci/patitucciphoto.com

No hice una lista de pros y de contras cuando decidí mudarme a mi vehículo hace un par de años. No analicé lo que pudieran ser buenos o malos momentos. Sólo pensé que lo haría durante un tiempo y luego ya vería. Al cabo de una temporada ya me di cuenta de cuáles eran los puntos positivos y negativos de una vida así y también de qué era lo que echaba de menos viviendo en una furgoneta (un frigo y una ducha, por ejemplo). Pero en general es un medio de vida y de viajar que ofrece grandes recompensas pero que también exige muchos sacrificios, sin dejar de merecer la pena.

 

1. Sacrificio: la rutina de tener que buscar un sitio nuevo donde dormir cada día
Somos seres de rutina, a veces mala y a veces buena. La rutina hace que la vida sea más fácil, en cierto modo: tenemos nuestras cosas organizadas para no tener que buscarlas, desayunamos todos los días lo mismo para no tener que pensar en qué preparar, vamos al gimnasio los mismos días de la semana para no perder la cuenta (ni la salud). Optar por una vida en la carretera rompe con todo tipo de rutina. Ir a un nuevo lugar, para mí, supone encontrar un sitio donde poder aparcar la furgo para pasar la noche, encontrar un sitio donde haya wifi y donde pueda trabajar durante el día, ir de compras a una tienda de ultramarinos desconocida, entre otras cosas desconocidas. Lo bueno es que también supone paisajes totalmente nuevos y la necesidad de estudiar siempre los spots a los que voy a ir a escalar, a hacer mountain bike o trail running cuando no estoy trabajando.


2. Sacrificio: menos confort para poder viajar ligero
Es posible que la cama de tu hogar sea muy confortable, y el sillón también. Es probable que tengas todo lo que necesites en la cocina. Incluso la palabra “hogar” es confortable, el lugar a donde vas después de trabajar y donde te escapas del estrés de todo lo demás. Vivir en la carretera se encuentra en el lado opuesto del confort, a no ser que te gastes montones de dinero para comprar una caravana de gran lujo. En una furgoneta, el confort es mínimo: el techo es bajo y te tienes que vestir tumbado (o fuera), no hay agua corriente y todo lo que posees tarde o temprano te da la impresión de estar todo el tiempo en mitad del camino. No es posible viajar con mucho confort porque todo lo analizas en términos de utilidad y de espacio ocupado (es decir que no viajas con 20 pares de camisetas y de calzado).

Pero cuando aceptas un sacrificio así aprendes a viajar ligero, algo que también tiene su confort. Aprendes a tener una oficina que entre en una mochila y, en otra, todo lo necesario para pasar un día entero en la montaña . Te conviertes en alguien organizado por defecto, porque no hay elección. A veces basta con cambiar de sitio un par de veces algo que molesta para decidir que no vale la pena tenerlo y deshacerse de ello. Viajar, en vez de convertirse en algo estresante, se convierte en tu modo de vida.


3. Sacrificio: cambiar los gastos de alquiler por gastos de gasolina
Es un hecho que el mayor gasto en una vida casera suele ser el del edificio en el que uno vive, ya sea al pagar un alquiler o un préstamo bancario. Si cambias de vida y te mudas a una furgo, la gasolina y el mantenimiento del vehículo se convertirán en tu alquiler. Si calculas te das cuenta de que sale más barato aún y todo.
Mi furgoneta recorre 19 millas por galón de gasolina. Si viviera en un pequeño apartamento en Denver pagaría como mínimo 650 dólares al mes, o 7.800 al año. Con esos mismos 7.800 dólares puedo comprar gasolina para recorrer cerca de 42.000 millas en autopista, lo que supone poder hacer muchas aventuras.
Por supuesto, vivir en la carretera se vuelve un millón de veces mejor si tienes montones de amigos con casas agradables que te inviten a ducharte, a pasar un par de noches en el sillón del salón o en su habitación de invitados. Si los tienes no olvides ahorrar algo de dinero para invitarles a cenar y agradecerles el que te inviten tan generosamente a pasar unos días en su casa.

4. Sacrificio: tu oficina es una cafetería
Tener un despacho, ya sea en casa o en una oficina, es fabuloso: puedes esparcir todas tus cosas donde te de la gana, algunas de ellas en los cajones y todavía te quedará sitio suficiente para el teclado y un monitor enorme… además de una silla muy confortable.
Cuando vives en la carretera no tienes el mismo tipo de despacho. Te acostumbras a tener el ordenador portátil balanceando en mesas diminutas de cafeterías, con el culo sobre sillas de confort muy variable. Los cascos se convierten en un accesorio indispensable para cuando la gente que te rodea empieza a hablar demasiado fuerte o cuando al crío de algún desconocido le da un ataque de nervios. A veces también trabajas en bibliotecas.

En general, hay muchas más fuentes de distracción pero menos monotonía. No vas a la misma oficina cada día y así evitas el sentimiento tan descorazonador de que tu vida es un cúmulo repetitivo de días siempre iguales. No tienes tampoco que quedarte en la oficina hasta las cinco de la tarde o hasta acabar todo lo que queda pendiente. Sólo eso ya vale la pena y pienso que hay gente que cuando puede trabajar así se vuelve mucho más productiva puesto que se impone ser lo más productiva posible en lapsos de tiempo determinados que ellos mismos deciden. Por supuesto, puede que no sea el mejor ambiente de trabajo que haya si lo que se quiere es tomar parte en una conferencia o respetar una fecha límite importantísima trabajando desde el asiento delantero de la furgoneta.