Blog de Adolfo Zableh. Irreverente, directo, crudo y con humor sarcástico.

La Copa del Burro

No espero compasión ni lástima al decir que el fin de semana pasado hice el primer mercado de mi vida. El primero en serio, digo. De niño fui muchas veces con mi madre al supermercado, pero era un mercado ajeno; yo era un parásito que consumía lo que mi papá producía y ella preparaba. Tampoco hablo de las compras de soltero que hice durante los más de quince años que viví solo y que consistían en salchichas, chocolatinas, carne y, en ocasiones, lechuga; todo pensado para ser preparado en no más de diez minutos. Una de las cosas de ser soltero es que comer no es un acto social sino de supervivencia, puro trámite.

 

Ahora que estoy ensayando para el matrimonio, lo que hice fue un mercado de verdad. Mercado de casa, de familia, de esos de carro lleno que odian encontrarse por delante los solteros cuando llegan a la caja a pagar los pocos insumos que llevan en la canasta.

 

Me estresó el valor de la compra, siete veces superior a lo que me gastaba cuando vivía solo, pero es que llevamos de todo: cuatro tipos de carne legumbres, frutas, verduras, comida enlatada, para hornear, golosinas y hasta especias. Cuando de especias se trata, un soltero apenas compra sal, y a veces, pimienta.

 

Hacer mercado de verdad es una cadena, no de gastos, sino de consumo, donde uno adquiere más de lo que puede comer. Ahora tengo la nevera llena por primera vez en mi vida, y la despensa también. Estoy tan desacostumbrado a la abundancia que el otro día no salí de la casa y pasé hambre porque no se me ocurrió ver que el congelador estaba repleto y que en la despensa había todo tipo de granos y enlatados. Es que antes en mi nevera había solo hielo (y eso).

 

Siempre le temí al primer mercado en pareja porque pensaba que era una forma de sentirse castrado, de perder la masculinidad. Además que lo hicimos justo en domingo, el día del futbol. Sin embargo ese día, mientras jugaban Arsenal y Manchester City, yo andaba en medio de las góndolas de una gran superficie, adquiriendo productos que nos hacen sentir un poquito mejor por poder adquirirlos. Me crucé con muchos hombres con sus familias y me sentí como ellos, una persona normal como pocas veces me había sentido antes. Todos hacíamos como si estuviéramos felices por hacer mercado, como si el lunes no estuviera a la vuelta de la esquina y no tocara volver a trabajar para conseguir más dinero que usaremos para comprar esos productos que no necesitamos pero que hacen que la familia permanezca unida.

 

Solo nos faltó comprar aguacate, pero es que he aprendido que el aguacate se compra en esos carritos de madera de la calle, porque los del supermercado nunca están para hoy o para mañana, que es cuando se necesitan. Comprar un aguacate para hoy es quizá el único proyecto a corto plazo que hacen las parejas.

 

Esa misma tarde, después de la jartera de cargar las bolsas y llegar a casa a organizar todo en gavetas, gabinetes, frascos y envases, hice el chiste de estar poniendo comida en la mesa. Yo acabo de poner comida en la mesa por primera vez en la vida y me siento todo un hombre. A ver cuánto me dura.

 

Lo bueno es que ahora hay en casa un arsenal de comida. Puedo recibir gente e invitarla a pasabocas. No solo hay gaseosa, sino que tenemos hasta vino. Y jugos, no de tarro, sino naturales. Los hacemos en la licuadora y todo, que no deja de ser para mí una novedad que hace que me sienta del otro lado de la vida, sin tener muy claro en qué lado estaba antes. Hay hasta arroz. Lo que más extraña un soltero que no cocina es el arroz, en especial el de fideos cuando se prepara como Dios manda: un fideo por cada grano.

 

Si eso es lo bueno, lo malo es que la misma noche que hicimos mercado leí un artículo que afirmaba que los hombres nos casamos y nos engordamos, y que no hay mucho que podamos hacer al respecto. Yo volví a hacer abdominales el día que me fui a vivir con quien será mi esposa, y hasta compramos una balanza para controlar nuestro peso. Yo no me voy a engordar. Viviré en pareja, comeré bien, abundante y sano, pero no voy a sacar barriga. Puedo aguantar hasta volverme calvo porque no depende de mí, pero dejarme ir y convertirme en uno de esos señores con los que me crucé el domingo pasado, no está en mis planes. Es cierto que acabo de entrar a su pequeño club, pero juro que no soy como ellos.