Kurt Diemberger y el valle de Shaksgam

En la segunda parte de la entrevista, Kurt Diemberger habla de los récords y del valle de Shaksgam.
Por Simon Schreyer

¿Se considera un pionero de los “deportes extremos”?
No creo que lo sea. Ni soy un pionero de los deportes extremos ni tengo nada que ver con los récords de velocidad ni de ningún otro tipo. Más bien todo lo contrario. ¡Si yo lo que defiendo es hacer las cosas despacito! Si caminas poco a poco, andas con paso firmo. Y con paso firme, llegarás muy lejos. Yo mismo soy la prueba viviente de eso. Según yo entiendo los deportes extremos, no se trata de abrir una vía, de encontrar la solución a un problema de montañismo. Consisten en añadir un factor novedoso y de riesgo a una aventura que ya existía. A menudo pienso que solo se trata de buscar que la gente no se olvide de tu nombre. La verdad es que no me gustan demasiado los deportes extremos, sobre todo cuando se centran totalmente en los récords de velocidad.

¿Hay alguna excepción?
Por supuesto. Hay alpinistas excelentes que escalan con seguridad y muy rápido. Ahí está Ueli Steck, por ejemplo. Subió la cara norte del Eiger en 2 horas y 47 minutos. Desde luego, tiene mucho mérito, pero hay dos cosas que siempre me pregunto. Primero, ¿por qué? Y segundo, ¿acaso puede fijarse en lo que le rodea durante el camino?

Parece que su motivación como alpinista es más amplia.
Al principio me interesaba la geología, buscar cristales. El montañismo consistía en explorar, descubrir. Si echo la vista atrás y pienso en el serac del Gran Zebrú, pues había varios motivos para querer escalar esa vía en 1956. El principal es este: quería saber qué pinta tenía por dentro. Cómo era el interior de aquella formación que yo, desde abajo, me imaginaba como una cúpula de hielo azul. El segundo motivo sí que era algo más deportivo: ¿sería capaz de atravesar o superar semejante monstruo de hielo de alguna forma?

Kurt Diemberger posando para un retrato
Kurt Diemberger: una leyenda del montañismo © Kurt Diemberger

Es usted famoso por su oposición a la comercialización y las medallas en el mundo del alpinismo.
Estoy en contra del exceso de patrocinios y publicidad que se ve actualmente. Me gustaría que hubiese un poco más de moderación en el mundo del alpinismo, en lugar de esta invasión de publicidad desbocada. Ahora los montañeros van completamente cubiertos de logotipos, desde las botas hasta el gorro. Si es por una expedición, vale, está bien y es normal que alguien les patrocine y ayude. Las expediciones siempre contaron con patrocinadores. En los 50, por ejemplo, la marca Sport Scheck, de Múnich, nos patrocinó y facilitó el equipo para ir al Broad Peak. Cuando Julie Tullis y yo subimos al Everest en 1985, Pilkington (una marca que se dedica a fabricar cristal) pagó prácticamente todo y, a cambio, obtuvieron material para una campaña publicitaria.

Además de las montañas del Karakorum, siente especial fascinación y cariño por el remoto desierto del valle de Shaksgam. ¿Por qué?
El valle de Shaksgam es ese gran desconocido que se esconde tras la otra cara del K2, tras la frontera china. Se trata de un valle fluvial de 200 kilómetros. La mayor parte del tiempo está seco y apenas corre un hilillo de agua entre las rocas. Pero en julio y agosto, cuando se funden los glaciares, se inunda por completo. Ahí aún queda un montón de montañas desconocidas, de aristas sin nombre. Es un territorio donde aún vive la Edad Dorada del alpinismo. Quedan misterios por descubrir y rutas por las que nadie ha caminado aún. Incluso rutas que llevan a los ochomiles.

¿Qué es lo que le atrae con tanta fuerza en este valle?
Me atrae que es una de las áreas más inaccesibles del mundo. Un desierto de montaña donde no vive nadie, con un entorno maravilloso, inmaculado. Para llegar a Shaksgam hay que cruzar el paso de Aghil, que es casi tan alto como el Mont Blanc. Antes del puerto de montaña está la última aldea kirguiz. Tengo unas ganas tremendas de volver. En América me llaman “el guardián de Shaksgam”, porque me conozco el valle como la palma de mi mano. En mi séptima expedición dejé allí un bidón de material oculto bajo una morrena. Eso fue en 1999, pero todavía tiene una nota pegada que pone “Material necesario”.

read more about
Next Story