Vídeo: salto del Diente de Gigante

Una semana en los Alpes y tres primeros saltos de wingsuit-BASE para unos afortunados.
Por Matt Gerdes

A principios de este año, los pilotos del team Squirrel, Matt Gerdes, Roch Malnuit y Erwan Madoré hicieron el primer salto de wingsuit-BASE desde el Diente de Gigante (Dent du Géant), en los Alpes. Luego, siguieron con otros dos primeros saltos junto con su amigo Pierre Fivel. He aquí todo lo que aconteció durante esa semana tan rica en acontecimientos. No te pierdas el vídeo y descubre las palabras de Matt, aquí debajo.

El Diente de Gigante - alto y majestuoso a la dcha © Tarquin Cooper

Fue una semana de locura. Abrimos tres saltos, con total seguridad. Es una sensación bonita.

La búsqueda de spots toma mucho tiempo porque se hace andando. Hay que ir a cada sitio y observar desde arriba. Roch y Erwan tienen muchísima experiencia alpina. Conocen muy bien cada vía de acceso. Estudiamos con todo lujo de detalle el Diente de Gigante. Lo hicimos desde la base esquiando en la zona en enero 2012. Erwan fue al Rognon du Plan unas semanas antes de que lo saltáramos y sabíamos que Noire de Peuterey tenía espacio suficiente pero, hasta que no estás ahí arriba midiendo con el láser no tienes garantía alguna de que el salto sea posible.

El truco es llevar consigo el mínimo de material posible. Eso hace que la escalada sea mucho más impresionante porque la haces con cuerdas cortas y con poquísima protección. Pero eso también supone que hay menos cosas que acarrear después porque nunca olvidas que lleves lo que lleves luego baja contigo como equipaje de vuelo.
 

Subir no es tán fácil como bajar. © Matt Gerdes/Squirrel

Son horas para subir y segundos para bajar. Llegar a lo más alto de Noire de Peuteray fue lo más largo. Anduvimos tres horas el primer día, dormimos en un refugio, nos despertamos a las 2.30 de la madrugada y escalamos durante 10 horas… ¡y luego un vuelo de dos minutos para aterrizar junto al coche!

Para saltar hace falta viento ligero y buena visibilidad. Tenemos que elegir muy bien el día. Tener que volver andando, quedarse atascados en la cumbre o saltar en condiciones poco seguras son pesadillas que queremos evitar a toda costa.

Tener poca visibilidad es terriblemente peligroso. Y sí, tuvimos que atravesar nubes. Si la cosa dura más de un segundo o así, o si no sabes qué exactamente donde estás te puedes meter en un lío gordo. Si pasas poco tiempo entre las nubes y sabes como evoluciona el terreno, si eres un piloto experimentado no pasa nada.

Roch lideró el grupo hasta el Diente de Gigante. Fue una ascensión bastante directa, con una cuerda gigante que nos ayudó en las secciones más complicadas que llevaban a la cima, a 4.013m de altura. De allí saltamos con nuestros wingsuits para volver a Chamonix. Después, le pregunté a Roch porqué esa cuerda estaba allí y me dijo que la razón principal era ayudar a los guías a llevar a sus clientes a la cumbre porque hay muy pocas vías fáciles en el lado italiano del macizo del Mont Blanc.
 

¿La luz roja está encendida? ¡Okey, vamos! © Matt Gerdes/Squirrel

A la hora de comer cogimos el tranvía para ir a Rognon du Plan pero eso no quiere decir que la cosa fuera fácil. Anduvimos sobre la arista y, cuando la vía giró al norte sentí la presión del vacío: había 1.500 metros de aire tras de mi mientras nos abríamos camino hacia la cara que nos iba a permitir saltar. El punto de salida era una plataforma de granito maravillosa y volamos hasta Chamonix, quemando 2.600 metros de desnivel en dos minutos y medio.

El día siguiente empezó la noche anterior. Fuimos al refugio de Borelli, en el lado italiano del Mont Blanc, y pernoctamos allí. Pusimos la alarma a las 2.30am para tener tiempo de sobra para llegar a la cumbre y saltar de día, por si acaso las condiciones no permitían saltar de inmediato. Pero poco tiempo después de empezar la ruta, recuerdo las palabras de Roch sobre las vías de la cara sur. Eran terriblemente inestables, sucias, expuestas y difíciles de sortear. Bajar a pie sería imposible.

Tardamos 10 horas en llegar a la cumbre. Nunca dejé de concentrarme en la tarea más inmediata es decir pasar con éxito cada pitch de escalada sin matarme o sin exponer a mis amigos a cualquiera de las 10.000 rocas del tamaño de un frigorífico que apenas aguantaban sobre los flancos de la montaña con petachos de hielo y barro maltrechos y que amenazaban con despañarse.

Si dijera que disfruté de la escalada mentiría. Pero llegar a la cumbre fue una gran inspiración y en el instante mismo en el que miramos sobre la zona de salto supimos que pocos minutos después estaríamos en casa… y así fue.
 

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