3 décadas de rimas y beats hechos en Chile se celebrarán el 26 de octubre como parte del #RBMSTGO: Los pioneros, los discos que cambiaron la historia y los hitos de un movimiento que permanece tan rebelde como reflexivo.
"Se te nota un bulto bajo la chaqueta / No sigai fingiendo con la metralleta / Eres asesino de profesión / Pero dices proteger a la nación”. Corría 1988 y los versos de “Algo está pasando”, de De Kiruza, no solo eran una valiente denuncia contra los agentes represores de una dictadura todavía en el poder, sino que dichos con esa gracia, ritmo y calle por Pedro Foncea, más una base de aires breakbeat, scratches, samples y una actitud fresca, configuraron la primera grabación de rap chileno.
Casi de manera simultánea, toda una generación de jóvenes comenzó a incubar el germen del hip-hop, haciendo frente a la marginalidad y al hostil clima social de la época. Proyectos como Panteras Negras, Los Marginales, La Pozze Latina o M-16 animaron el entonces emergente movimiento.
Mientras De Kiruza fusionaba hip-hop y soul con ritmos latinos y africanos, varios pioneros del movimiento en nuestro país se fascinaban con el breakdance, disciplina de baile callejero que a mediados de los 80 empezó a difundirse en Santiago y regiones. Películas como Breakin o Beat Street, además de la aparición de los bailarines POPMaster Fabel y Mr. Wiggles en el programa Sábados Gigantes, fueron las primeras señales que recibieron los cultores del rap chileno. Lalo Meneses, alias LB1 y líder de Panteras Negras, pasó naturalmente del brakdance a la labor de MC, adquiriendo la investidura de un verdadero rapero y b-boy criollo.
El documental Estrellas de la esquina (1986) registró a buena parte de estos primeros breakers y raperos santiaguinos, que acostumbraban reunirse a un par de cuadras del Palacio de La Moneda, en la calle Bombero Ossa, mítico epicentro del hip-hop chileno en sus inicios. Años más tarde, el punto de encuentro fue el Paseo San Agustín y luego la parte trasera de la Estación Mapocho. Estos lugares son considerados seminales para la divulgación del hip-hop en Santiago y posteriormente hacia el resto de Chile. Allí los jóvenes raperos intercambiaban cintas o pintura, exhibían sus pasos de baile o practicaban freestyle. Reconocidos artistas, como los breakers Gravedad Zero, el líder de la Pozze Latina Jimmy Fernández o el escritor de grafiti Cekis, frecuentaron estos sitios de reunión.
Si en Estados Unidos leyendas como Afrika Bambaata, Kool Herc o Grandmaster Flash ayudaron desde mediados de los años 70 a forjar un movimiento hip-hop capaz de traspasar fronteras, los raperos chilenos recibieron esa herencia y lograron construir, desde inicios de los 90, una escena cada vez más fuerte en base a discos como Lejos del centro (1991) de Panteras Negras, Marginal (1992) de Los Marginales o Pozzeídos por la ilusión (1993) de La Pozze Latina. Estos trabajos describieron el entorno social de sus autores, siempre aguerridos y reflexivos, y crearon el contexto necesario para el surgimiento de nuevas voces.
Hacia 1997 el hip-hop era un movimiento consolidado en nuestro país, aunque todavía lejos de la masividad, hasta que unos jóvenes Juan Sativo, Lenwa Dura y Zaturno dieron el batatazo con Ser humano!!, la culminación de un largo proceso de formación, con decenas de shows en comunas de la capital y la edición de demos y mixtapes distribuidos de mano en mano. Gracias a sencillos como “El juego verdadero” o “Chupacabras”, la participación de varias figuras de la música chilena y una elegante producción, el debut de Tiro de Gracia se transformó en un fenómeno de popularidad (alcanzó doble disco de platino), con alta rotación en radios y MTV y distribución en Estados Unidos, España y varios países latinos.
El éxito de Ser hümano!!, editado por EMI, tentó a otros sellos multinacionales a apostar por el hip-hop chileno. Tal efervescencia permitió la publicación de importantes trabajos, como Aerolíneas Makiza (1999, Sony) de Makiza, uno de los más elaborados álbumes del género hechos en Chile hasta ese momento, o Zorprezaun (1999, Sony) de Rezonancia, con su carga de beats potentes y letras en clave. Desde la independencia, grupos como Calambre aportaron al panorama con Avanza (1998), un disco que impactó en el underground santiaguino por su sonido crudo y letras viscerales. Dos años después Corrosivas, el primer proyecto local de rap femenino, publicaron su debut Destino invisible.
Si durante un breve lapso los sellos discográficos le cedieron espacio en sus catálogos y mayor difusión al rap local, desde las bases el hip-hop seguía avanzando con independencia y autogestión, incluso antes de la masificación de Internet. Kultura hip-hop, acaso la primera publicación impresa enfocada en la escena chilena, comenzó a circular por mano a fines de los 90, mientras en distintas zonas de la capital abundaban los “encuentros” o reuniones de esta cultura. Uno de los más importantes ocurrió el 23 de agosto de 1997 en la comuna de El Bosque: el Festival Metropolitano de Hip Hop Graffiti Art, que convocó a grafiteros, DJ’s, breakers y raperos locales, además de los míticos grafiteros brasileños Os Gemeos. En ese tiempo ya registraban actividad crews de grafiti nacionales como DVE, NCS, ODC, CBR, CWP y otros. Por su lado, el baile tuvo un hito el año 2000, cuando se celebró el primer Sudaka, importante encuentro y torneo de breakdance con varias ediciones a la fecha e invitados de toda América Latina.
Con la llegada de Internet surgieron medios alternativos, blogs y programas radiales, orientados a informar las novedades de la escena local. El portal Imperio H2, el blog La celda de Bob o los espacios radiales Somos Uno o Showbeats son ejemplos de longevidad. Otras valiosas iniciativas han sido Galería Bomb y el Museo a Cielo Abierto, en Santiago, enfocadas en la difusión del trabajo de grafiteros y muralistas.
En la música, Raffolution (2006), del experimentado DJ y productor DJ Raff, amplió las posibilidades del rap al agregar elementos electrónicos; Hordatoj con Entre lo habitual y lo desconocido (2007) le mostró el hip-hop de tono soulful a las nuevas generaciones y la banda Cómo Asesinar a Felipes debutó en 2008 uniendo jazz y rap. En modo solista, Ana Tijoux en 2009 lanzó el exitoso 1977, que llevó parte del sonido hip-hop local a todo el mundo, gracias a su capacidad de traspasar fronteras y géneros.
La segunda década del milenio marca la profesionalización y despegue del hip-hop chileno. Eventos masivos como El Sur es hardcore tienen un poder de convocatoria enorme, mientras el ejercicio del freestyle comienza a fascinar a muchos, esparciéndose por plazas y calles. Internet democratiza el acceso a diversos programas de producción musical, lo que permite el auge de los sellos independientes y home studios cada vez más sofisticados. Artistas vinculados al grafiti como Agotok o Inti publican libros con sus trabajos y raperos como Liricistas o Portavoz llevan su música a escenarios importantes como Lollapalooza, además de tener buena difusión a nivel latinoamericano.
Dania Neko, Deyas Klan, Zitazoe o la propia Ana Tijoux mantienen encendido el rap hecho por mujeres, al mismo tiempo que los más jóvenes se fascinan con nuevas tendencias como el trap, gracias a los populares Ceaese, Camileazy o Dref Quila, que llegan en plena era Spotify. Como si se tratara del broche de oro para el cierre de un ciclo, los pioneros De Kiruza lanzan en 2018 un nuevo single y La Pozze Latina celebra 25 años de carrera, dando cuenta del buen estado de salud del hip-hop chileno. Algo está pasando, tres décadas después.