Se llega a un cambio de estilo no siempre con un plan detallado. Los Prisioneros tenían en 1990 algo parecido a un mapa de dirección convencida para una música que reformulara su primigenio pop crítico y sagaz, mas no como una pauta estratégica ni una fórmula de tareas predistribuidas. Una de las primeras claves para comprender lo relevante que para el grupo terminó siendo el disco “Corazones” es asomarse a los muchos datos que en su preparación revelan decisiones de último minuto, ideas espontáneas, inspiraciones súbitas.
El tiempo ha convertido todo aquello en trivia escrita y revisada con ahínco por las sucesivas generaciones que en estos treinta años han encontrado en el cuarto álbum de Los Prisioneros un hito de la canción popular latinoamericana, marca de influencia para creadores, y sobre todo de educación sentimental y musical para auditore/as dispuestos a empatizar con su doble invitación de baile y melancolía, de confesión y sarcasmo, de tecno-pop y balada. De una intimidad doliente atenta a tendencias pop como muy pocas veces lo había conseguido hasta entonces un disco cantado en castellano.
Subsisten, sí, opiniones, recuerdos y perspectivas no reveladas que el trigésimo aniversario de la salida del disco alienta a recolectar. En parte de eso se trata el podcast «Corazones: 30 años», que RedBull ha estrenado este semestre con producción de Marisol García y Claudio Ruiz.. Trece entrevistados especialmente contactados para la tarea, grabaciones de archivo, citas de prensa de 1990 e información bibliográfica reciente sostienen un recorrido de nueve paradas, una para cada canción del disco.
De "Tren al sur" a "Es demasiado triste", tema por tema, “Corazones” se va comprendiendo así como la confluencia de muchas ideas y decisiones particulares, cada una en su lugar y sentido. Si sabíamos ya del peso categórico del disco, esta disección por partes ilumina áreas nuevas, elocuentes sobre todo de la agudeza de Jorge González como cantautor y conceptualizador de una obra extraña: pensada a la vez para la expiación íntima y la divulgación masiva, y que consiguió efectivamente congeniar dimensiones contrapuestas.
«El trabajo visual en torno al disco también pasaba por conversaciones, por referencias de muchos lados que me hizo entender rápidamente que se estaba pensando en un concepto amplio pero muy definido», recuerda en su turno de entrevista el fotógrafo Alejandro Barruel, a cargo en 1990 de las imágenes de carátula y varias de las fotos promocionales asociadas a “Corazones”:
«Ellos buscaban algo elegante y a la vez popular, sin una sofisticación copiada de Europa, pero a la vez distintiva y llamativa. En torno a eso trabajamos, por supuesto sin conciencia de que el resultado iba a tener tanta relevancia y por tanto tiempo después».
El recuerdo del fotógrafo para esa pauta de trabajo de ya tres décadas de antigüedad coincide con pistas que otros entrevistados de la serie entregan en torno a escuchas, conversaciones y gestos que en 1990 mostraban a Jorge González reorientándose hacia un campo estético nuevo para él, y en el que estaba dispuesto a correr los riesgos de una experimentación sonora sin garantía de eficacia.
La música de baile que para entonces sonaba en clubes de Inglaterra y discotecas de Estados Unidos era una fuente de ideas importante para Jorge González, seducido por las máquinas, más ya que por cuerdas y pedaleras. Descubrir el acid-house tuvo características de revelación: el músico comprendió de inmediato que ese subgénero nacido en Chicago tenía raíces creativas, subversivas y negras tan profundas como las de los otros movimientos de vocación pop que más él había admirado del siglo XX.
González volvía a confirmar su desprejuicio y desinterés por los gustos «correctos», dispuesto a combinar ideas aprendidas de los pulsos de gente como Nitzer Ebb, 808 State, KLF o Shamen; la fusión entre pop, R&B y hip-hop que entonces mostraban grupos como Soul II Soul, En Vogue y Run DMC; y la debida sacudida del pop electrónico más comercial y quizás banal. Sí: Bananarama, Rick Astley, Mel & Kim y toda la lucrativa factoría en torno a los productores ingleses Stock, Aitken & Waterman.
Si había un momento para ese cruce era éste, el de una transición urgente. Los malos resultados de “La cultura de la basura”, poco más de dos años antes, en vez de confirmarle a Los Prisioneros la necesidad de retornar a su origen rocanrolero, los hizo querer llevar su trabajo con máquinas incluso más allá, y abrazar la música de baile como una nueva y decidida convicción.
"Con suavidad" es, por ejemplo, un buen registro de esa exploración, a la vez atrevida y muy bien informada sobre rumbos y tendencias pavimentados entonces para el pop de gran industria. Y es más o menos evidente el lazo de "Cuéntame una historia original" con los retratos urbanos que venía haciendo Pet Shop Boys (otro dúo). Como en "West End girls" o "Suburbia", la alternancia de rapeo y canto, de secuencias y lineas melódicas más definidas, la melancolía implícita en el tono monocorde de la voz son también la guía de ese desolado retrato sobre un San Miguel aferrado aún a a aspiraciones de mayor prosperidad ahora que había llegado la democracia, pero a la vez anclada a prácticas, ideas y decisiones todavía conservadoras y temerosas.
San Miguel es la comuna de origen de Los Prisioneros y de otros importantes nombres de la cultura popular chilena. En el podcast, Gepe recuerda los códigos más íntimos de esa rutina de clase media con pocas perspectivas de disenso y distancia de su suerte.
"Cuéntame una historia original" es una canción de gran carácter en su sonido y en el lugar que adopta su narrador, que no está para falsa empatía ni maquillaje sobre la áspera, tan áspera, realidad. No importa si en esta canción las estrofas avanzan en un rapeo monocorde, hay algo en lo que Jorge González nunca va a decepcionar. Es un gran autor e intérprete de estribillos. Cuando ya ha pasado un minuto y medio desde la largada, el coro despega melódico, impetuoso y certero.
No es ningún secreto que New Order fue una gran inspiración para el disco “Corazones” en general y en particular para la canción "Noche en la ciudad". La banda británica seguía ofreciendo en pleno 1990 los pilares de dance propositivo e inteligente pop de sintetizadores que los habían elevado a la cumbre en la década anterior. Una banda de máquinas, de entorno obrero y con historia e influencia rockeras: cómo no iban Los Prisioneros a mirarse en los de Manchester.
Definitivamente hay canciones que no son lo que parecen, y para entrar a "Noche en la ciudad" deben tomarse los debidos resguardos: vamos a saltar a la pista de baile mientras escuchamos los sarcásticos versos que hablan de una población sometida, hipócrita, aburrida y explotada.
En versos como «todos sueñan con el cielo / todos cuidan sus ovejas / perdonando al que ha pecado / pero apartando al descarriado» se asomaba la crítica al orden forzado con el que debió convivir Chile bajo la dictadura, cuando el orden se conseguía a punta de bayoneta, y las «buenas costumbres» estaban dictadas por el moralismo y castigo. La Iglesia era todavía una institución respetada, mientras los crímenes del Estado eran un tema del que muchos elegían no enterarse.
Un año despúes de la salida del disco “Corazones”, el entonces arzobispo de Santiago iba a publicar una carta pastoral referida a los primeros signos de “destape” que percibía en la sociedad chilena, advirtiendo con fuerza acerca de una incipiente «crisis moral». Faltaban todavía ocho años para que los hijos nacidos fuera del matrimonio fuesen considerados legítimos, y catorce para que la legislación chilena acogiese el divorcio.
Para el giro de eficacia comercial que Los Prisioneros necesitaban luego de “La cultura de la basura” (1987), el sello EMI estaba dispuesto a financiar al menos parte del atrevimiento que sugiriera un golpe en radios, reflejado esto en la contratación de estudio y productor extranjero. El argentino Gustavo Santaolalla no ganaba aún el título de «Rey Midas de la música latina» pero para 1990 era posible atisbar la dirección ascendente de su talento visionario en la gran industria. Fue el interlocutor ideal para las ansias de cambio y firme dirección de González. El músico chileno lo recuerda como «un capo, alguien que me cambió la cabeza», y suele citarse el revelador recuerdo de su rutina en el estudio de Los Ángeles contada por él en una autoentrevista para YouTube:
«Fue la primera vez que alguien me dijo en mi vida que yo era un buen músico […], y yo les decía: “¿Yo? Pero si no sé tocar…” "No, loco; tus canciones, tu música, tu producción es increíble, es alucinante, mata a todo". Y yo me sentí tan bien, porque en Chile, ¿quién me iba a decir eso? ¿quién me iba a decir que era bueno?».
Tan drástico era el cambio que iba a proponer “Corazones” en la discografía de Los Prisioneros, que la disposición de Jorge González y Miguel Tapia también debía ser absoluta, a abrazar lo que sucediese con su salida. Si era por sumarse a tendencias del pop sudamericano, los chilenos tenían las de perder: en 1990 aparecieron discos importantes de Fito Páez, Miguel Mateos y, cómo no, los aún muy vigentes Soda Stereo, que mostraban con orgullo su “Canción animal”. Era música de técnica orientada hacia el montaje en grandes escenarios, de melodías radiables y escritura tibia, simplonamente eficaz.
En ese panorama, “Corazones” caía como una rareza. Ni rockero, ni baladístico, ni discotequero, cumplía a la vez con esas tres condiciones. Y si los resultados de un disco deben medirse también por sus efectos silenciosos y a mediano plazo, vale destacar lo relevante que fue el cuarto álbum de Los Prisioneros para que otros músicos latinoamericanos se animaran a hacer las cosas de otra forma.
En la serie de entrevista para el podcast de Red Bull, el mexicano Meme del Real recuerda cómo él y sus compañeros de Café Tacvba descubrieron en “Corazones” el tipo de trabajo –amplio, atrevido, desprejuiciado– que proyectaban para su naciente banda, cuando aún ésta nisiquiera tenía publicaciones propias. Beto Cuevas lo describe como un disco «hipnotizante», que para un joven cantante como él –entonces con menos de un año de trabajo junto al grupo La Ley– resultase especialmente inspirador como nuevo estándar de pop chileno:
«No se parecía a nada que alguien estuviese trabajando. Era inevitable prestarle atención y captar de inmediato lo importante que era como declaración de intenciones para Los Prisioneros».
Los grandes discos de pop no sólo nos gustan, sino también nos descolocan.
El desajuste entre expectativas y entrega se notó también toscamente en un área que a Jorge González le importaba poco, pero cuya evidencia queda para la historia de las miopías del peor periodismo de espectáculos.
La hemeroteca y documentos de archivo a veces pueden surtir de recursos implacables: ahí están las notas de prensa impresas en Chile en 1990 que no sólo fueron incapaces de dimensionar la relevancia de “Corazones” , sino que llegaron a calificarlo como un trabajo decepcionante. En agosto, en el diario La Segunda, el periodista Freddy Stock dictaminó:
«Hace falta una guitarra de peso, un punteo estremecedor, un individuo de la categoría simbólica de Los Prisioneros que pueda sustituir a Claudio Narea, porque si Jorge González continúa en su tecno ante una masa que no le es incondicional, terminará por enfriar una noche de verano».
El título para esa crítica es elocuente del peor conservadurismo que hasta hoy encasilla a la música popular. La frase en gran tipografía era: LOS PRISIONEROS: MUCHO TECNO POCO ROCK.
«Siempre me ha parecido que “Corazones” era la progresión lógica en el trabajo de Jorge González; siempre fue lo que él es y ha sido, porque Jorge nunca ha sido un rockero, en verdad; no en el sentido convencional del término –aporta en su turno de las entrevistas Miguel Conejeros (F600), cercano a Los Prisioneros por trabajo y amistad desde sus tiempos en la banda punk Pinochet Boys–. Jorge es un melómano consumado, amante del pop bien hecho, de la canción romántica, y por ahí eso entronca con el disco muy naturalmente. El hecho de cambiar el formato a máquinas y a un lenguaje orientado al dance me parece de una coherencia absoluta».
Analizado desde la tosquedad de un prisma con sólo dos colores contrapuestos, a “Corazones” no podía apreciársele en esa progresión lógica hacia el pop de propuesta y la provocación estética (tan valorada más tarde por cantautores pop nacidos después de la salida del disco). Pero tampoco todos repararon de inmediato en, por ejemplo, su avanzada feminista. Eran terrenos de desafío también para el propio Jorge González, en el que el músico quería dejarse orientar por las ideas de algunas de sus amigas cercanas. Ahí están, entre las entrevistas del podcast, las voces de dos integrantes del colectivo de música y teatro Las Cleopatras, para cuyas performances el músico compuso temas como "Con suavidad" y la categórica "Corazones rojos", más tarde readaptadas ambas para “Corazones”.
Ubiquémonos en 1990 y sus circunstancias. Los debates y las inquietudes de ese momento. La palabra 'feminismo' era entonces una referencia importante, por supuesto, pero para nada instalada en la charla cotidiana. Se asociaba a grupos específicos, a medios alternativos y a centros de pensamiento con un ideario –para muchos– radical. Ninguna actriz ni cantante famosa se definía como feminista en sus entrevistas, y no había películas de moda ni campañas publicitarias que creyeran conveniente asociarse al concepto.
¿Canciones feministas? En español, muy pocas. Entre otras muchas cosas, "Corazones rojos" fue un tema pionero, cuyo atrevimiento en la denuncia de prácticas machistas asentadas descolocó a un medio musical que al principio no supo cómo tomarse este rap a favor de las «ciudadanas de segunda clase, sin privilegios y sin honor». Tan directo, vehemente y certero, que hasta hoy sacude.
El tópico en el análisis de las letras de “Corazones” es el de haberle ofrecido una autoterapia a su compositor: un quiebre amoroso y líos diversos en sus relaciones íntimas dejaban a Jorge González dispuesto a confesiones categóricas, reveladoras y desesperadas. Ahí están "Amiga mía", "Es demasiado triste", "Tren al sur" y "Con suavidad": piezas pop llenas de claves sobre recuerdos autobiográficos sobre un —o más de uno— romance que inevitablemente concluye en despedida forzosa y soledad.
El álbum, por lo tanto, más que la obra de un grupo es sobre todo la revelación de un autor solista que a través de sus canciones busca ordenar sentimientos que lo sobrepasan, todos ellos de base empírica.
No hay engaño en esa interpretación, pero es posible imaginarse varias de las canciones de “Corazones” también como breves y brillantes guiones de situaciones íntimas —domésticas, incluso— a las que la experiencia personal ajusta en relatos convincentes.
En "Con suavidad", por ejemplo, se le canta a una mujer, pero ella no está identificada y quien canta podría no ser él mismo. No hay pistas autorreferentes, y si las hay no importan como tales. Lo que vale es la creación de un cuadro de seducción, con algunos códigos esperables y otros más sorprendentes.
Incluso en la descripción de esa conquista cuerpo a cuerpo, el talento de Los Prisioneros los salva del cliché. Pensemos en frases llenas de evocaciones, como "traigo las lluvias del trópico". O cuando en "Amiga mía", el galope electrónico se pone al servicio de una historia desidealizada que se construye desde lo cotidiano: «un café con helado», «dentro de un taxi», o «caminando en la calle» son imágenes reconocibles por cualquiera.
No sólo escuchamos intimidades de una pareja, sino que también se hacen públicos lo que parecen secretos compartidos hasta entonces sólo de a dos, pero en medio de relatos sin protagonistas identificados, sin gran épica romántica, en un tiempo cronológico y emocional extraño, que no nos queda claro si se ha cerrado o se proyecta a la eternidad.
Sobre todo "Estrechez de corazón" podría ser el guión para una escena cinematográfica de alto vuelo, capaz de capturarnos frente a la pantalla. Y es probable que Jorge González haya asumido esa composición como la dirección de una escena, partiendo por la instrucción del «no te pares frente a mí» que coincide en melodía y métrica (octosilábica) con "El amor de mi vida", el tema más popular del disco “Sentimientos” (1978), de Camilo Sesto.
“Corazones” habla de amor desde una perspectiva diferente a la de la balada: lo impugna, lo alaba, lo recrea en sus detalles, lo despide pero a la vez le promete eternidad.
Aunque es parte de una discografía brillante, sin paradas carentes de interés, “Corazones” ha terminado siendo el trabajo de Los Prisioneros más alabado por los cantautores nacidos alrededor del año de su publicación. No pudieron captarlo entonces, pero lo recogieron al momento de llevar a canciones sus experiencias de paso a la adultez pasado el 2000. Sin ser un disco de vanguardia, el tiempo lo ha confirmado como un álbum adelantado, dispuesto a defender el pop y sus variantes, en brillante encuentro entre la tradición de la canción hispanoamericana y angloparlante.
¿Por qué un disco así de ambicioso cierra entonces con un tema titulado "Es demasiado triste"? Podría concluir uno que Los Prisioneros escogían (otra vez) descolocarnos con una canción desesperanzada y a la vez sobreproducida; entre la confesión y el kitsch. Y por qué no hacerlo. Según el propio Jorge González señaló en entrevistas, todos los grandes músicos «tienen algo ridículo», y exponen su drama interno entre luces y brillos. Como Elvis Presley.
Pero si acogemos la tesis de “Corazones” como un disco conceptual en torno al amor y a una manera de instalarse y resistir la chatura de la vida urbana, entonces "Es demasiado triste" confirma que el final de este juego es la derrota, y que no hay cómo comprender el álbum sin la desesperanza.
Hacia el final el tema se va apagando de a poco, mientras pierde fuelle la musiquilla de una banda de plaza, dándole la razón al último verso: por lindo que pueda ser, al amor le gusta reírse en nuestra cara.
Es, de algún modo, también una metáfora de la historia de Los Prisioneros como banda. A un año de la publicación de “Corazones” el grupo se separaría entre fuertes tensiones, de las que ni los proyectos solistas posteriores de Miguel Tapia y Jorge González iban a liberarlos. Es la mancha roja sobre una camisa limpia: poderosa como imagen de portada pero a la vez indeleble, imborrable, eterna.