Entre 2013 y 2015, ellos levantaron el título de la Final Nacional de Red Bull Batalla en Chile. Stigma ganó en 2013 ante Radamanthys y llegó a semifinales en la Internacional de Argentina, en el Estadio Malvinas Argentinas. Kaiser ganó al año siguiente y fue subcampeón del mundo en Barcelona, el mejor resultado que un chileno había conseguido hasta entonces. Tom Crowley cerró la serie en 2015, en el Skatepark del Parque Ecuador de Concepción, tras eliminar a Nitro en semifinales y superar a Jorge MC en una final que necesitó tres réplicas. Un mes más tarde repitió el subcampeonato, esta vez en casa, en la Plaza de la Paz de Recoleta, ante el español Arkano.
Más de una década después, los tres siguen adentro y ninguno del mismo modo. Uno volvió a dedicarse por completo a esto hace ocho meses, tras tres años administrando cabañas en el Cajón del Maipo. Otro produce su propio torneo y trabaja con marcas. El tercero dirige escuelas de rap y estudia décima. Lo que cuentan sus recorridos no es qué fue de ellos, sino qué hicieron con lo que aprendieron cuando ganar dejó de ser lo único.
No había circuito, había ganas
Antes de que existiera un circuito estable donde competir, cada uno tuvo que armarse el suyo.
Stigma empezó a rapear hacia 2007 en Santa Cruz, Región de O'Higgins, con trece años. En su ciudad no existían las batallas. Los raperos que había eran diez años mayores que él y hacían canciones, no cruces. "Mi formación de hip hop no fue como de batalla, sino que fue de MC, de hacer canciones", cuenta. Batallaba en los recreos del liceo, contra los del Politécnico, ante diez personas.
Su entrada al circuito ocurrió por vía indirecta: Satul, organizador de Batalla de Maestros, era amigo de sus amigos y lo invitó. Viajó solo en bus a Puente Alto, a la BDM 3, en 2010, con catorce, quince años. Su verdadera escuela, sin embargo, no fueron las plazas. En Pichilemu recorría la playa de grupo en grupo con un amigo mayor, entre gente de todas partes y bastante más grande que él. "Yo creo que me paseaba la playa entera freestyleando", recuerda. Lo que aprendió ahí no fue a competir, sino a moverse: entrar en un círculo ajeno, compartir, hacer calle. Dice que encajaba porque rapeaba bien.
Tom Crowley venía de otro lado. Se formó en San Bernardo, en el sector de la Gran Avenida, con Elemental Style, y su circuito eran las tocatas de La Florida, Puente Alto, El Bosque y La Cisterna, todos los fines de semana. Llevaba su pendrive por si no aparecía en el flyer, y así se entrenaba: pedía la pista y tiraba freestyle además de los temas. Con las batallas tuvo un primer desencuentro. "En un momento me inscribí en una BDM y no me fue bien, y yo sentí como que me habían tangueado. Y dije: ah, ya no me presento a esta huea", asegura entre risas. Volvió al formato en 2013, en el Pantano de Puente Alto, donde fue a tocar y terminó batallando con Sador.
Kaiser nació en La Unión, en Los Ríos, pero llegó a Santiago a los siete años. El enfrentamiento que él cuenta como su primero sobre un escenario fue en Batalla de los Perros, en 2011, en la sala SCD de Mall Plaza Vespucio: venció a Radamanthys en semifinales y a Nitro en la final. Mientras competía, trabajaba en una fábrica de plástico en Macul. En los horarios extra rapeaba en micros y en el metro. "Eran mis dos laburos, un laburo convencional y el otro que era ligado al freestyle", resume.
Ganar no era vivir
Ganar cambiaba el nombre de un competidor, no su economía. "Un campeón nacional en realidad era como un título honorario, más de honor que de estabilidad", expresa Stigma.
El primer evento que le ofrecieron tras ser campeón lo dejó frente a una duda que nadie sabía responder. Le preguntaron cuánto cobraba. “Diez lucas”, dijo. Se sintió mal por pedir tanto. Le pagaron exactamente eso. Nadie del otro lado le aconsejó que estaba pidiendo poco, porque tampoco existía una tarifa que lo estableciera.
Ese año, 2013, Stigma ya era padre. Había entrado a licenciatura en historia y la dejó a los pocos meses. Volvió a Santa Cruz, entró a trabajar a la línea de embotellación de la Viña Apóstol y entrenó en paralelo hasta septiembre, cuando ganó la Nacional. Los tres meses siguientes, rumbo a Buenos Aires, entrenó tres horas diarias, casi siempre solo, caminando por una calle larga de su ciudad. "Fue muy solitario el proceso del entrenar", confiesa.
El viaje se cruzó con la PSU que había decidido rendir por segunda vez. Nunca la dio. Fue, además, la primera vez que se subió a un avión.
Después vinieron tres a cuatro años de metro, un call center, autos lavados. "Nunca trabajé más de quizás tres meses en cada pega que tuve. Después siempre volvía y decía: no, voy a hacer rap".
Kaiser atravesaba algo parecido con una final mundial recién disputada. El año en que peleó el título en Barcelona, el dinero venía de otro lugar: "En el 2014 salía del Metro y de las micros, de ahí salían mis ingresos, para ser realistas".
Tom Crowley describe el mismo vacío desde otro ángulo. Cuando fue subcampeón del mundo, en diciembre de 2015, era el debutante del año y no tenía redes sociales ni un equipo que trabajara con él. Reconoce que por eso no explotó al nivel masivo que podría haberlo hecho. Lo que siguió fue una decisión deliberada: "Empezó como un entrenamiento mental de decir: ya, ¿qué quiero hacer? Si voy a lo que estudié, a la pega, o empezar a trabajar en esto".
Tres caminos en el hiphop
Kaiser llevó el freestyle hacia afuera. Trabajó con marcas, entró a la televisión y sostuvo ingresos desde lugares que no eran las batallas, sobre todo entre 2021 y 2023, cuando dejó de competir. "No solo me quedé en el nicho de las batallas de freestyle, fui siempre transversal", explica.
Hoy tiene agencia, hace talleres, viaja, y en noviembre producirá su propio torneo, Verso Final, en el Teatro Cariola. Lo que dice sobre ese proyecto ordena su etapa actual: le importa poder pagarle su caché a los competidores y darles herramientas, "porque uno no es eterno y esto va a quedar en las manos de los demás en algún momento".
Tom Crowley se fue hacia la enseñanza, y lo hizo temprano. Estuvo alrededor de seis años haciendo clases en colegios artísticos. Actualmente, dirige la escuela de rap Lírica Pulso en Lo Barnechea, que va en su segundo año y funciona en colaboración con la Escuela de Payadores de la misma comuna.
Junto a Martín Acertijo levantó Centro Freestyle, que este año se amplió a Pedro Aguirre Cerda y abrió su primera sede en regiones, en Mejillones. Da tres talleres diarios en centros distintos. Y mantiene, además, un trabajo fuera del rubro. En los ratos que quedan estudia décima, paya, cueca y estructuras de seguidillas, en parte por curiosidad y en parte para explicar más rápido en clases. "Todo lo que tiene que ver con la palabra", dice.
Stigma tomó el camino que menos se cuenta: se fue del oficio y volvió. Durante tres años administró cabañas en el Cajón del Maipo, donde vive. "Toma, hazlas funcionar", resume sobre el encargo. Dejó ese trabajo en enero de este año para dedicarse otra vez por completo al hip hop. No lo lamenta y tampoco lo romantiza: tiene dos hijos, de catorce y cinco años, y en algún momento hubo que hacer otra cosa.
Los tres son padres, y en las tres conversaciones la familia aparece sin que nadie pregunte por ella. Ninguna carrera improvisada sostiene eso sin construirse un segundo piso.
Lo que enseñan los años
El Menor actúa en el cypher previo a Red Bull Batalla Internacional
© Gianfranco Tripodo / Red Bull Content Pool
Hay algo que los tres describen por separado y que termina siendo lo más parecido a una conclusión compartida.
Kaiser perdió dos semifinales nacionales seguidas, en 2012 con Cristofebril y en 2013 con Stigma, antes de salir campeón. Su explicación: "Los dos años anteriores eran un constante ‘tengo que ganar, tengo que ganar’. Después ese año no". Tom Crowley cuenta que llegó a la Nacional 2015 con una certeza rara: "Sabía que si me divertía, si lo aprovechaba y estaba muy atento a cada detalle, iba a ganar". Stigma dice que a los diecinueve el momento era tenso, casi rudo, y que hoy va a un evento y lo pasa bien triunfe o pierda.
Lo técnico también cambió, y en una dirección que contradice la lógica del desgaste. Stigma sostiene que puede pasar un mes sin improvisar, volver, y hacerlo mejor que antes. "Ya no es hacer rap, es ser rap", plantea.
Pero lo difícil es otra cosa. "Tengo 31, gané la Red Bull a los 18, la gané hace 13 años. Entonces con eso no basta", dice Stigma. Y explica que hay chicos de trece años que no habían nacido cuando él fue campeón, que a lo más conocen la batalla con Dtoke sin dimensionar lo que significó. La única manera de que sepan quién es, sostiene, es ir a rapear a la plaza hoy. "Es como renovar el permiso de circulación", resume entre risas.
Tom Crowley nombra la otra cara del mismo asunto: la mochila de precursor. Tiene treinta y seis años, lleva más de dos décadas improvisando, y ya lo tratan como parte de la historia de una disciplina en la que sigue trabajando todos los días.
Esa historia, la que ellos empujaron cuando no había circuito, tuvo su noche en abril.
Cuando El Menor ganó el primer título mundial para Chile en el Movistar Arena, Stigma estaba sobre el escenario. Dice que fue uno de los momentos más lindos de su vida, después del nacimiento de sus hijos, y que a los dieciocho jamás habría imaginado que el freestyle llenaría un recinto así. Trece años esperó ese título. Cuando llegó, lo vio de cerca.
Sobre lo que viene, cada uno responde distinto. Stigma se da cinco o seis años más de circuito y después música. Tom Crowley se imagina a los cincuenta en torneos de paya, de rap, a capela, en batalla escrita, haciendo discos: "como Paul McCartney". Kaiser lo formula desde el otro lado, pensando en los que vienen: "Uno no es eterno y esto va a quedar en las manos de los demás en algún momento". Ninguno se proyecta afuera. Ninguno se proyecta igual.