Baile
Champeta, a ritmo de Colombia
Seguimos con nuestro especial repaso a diferentes estilos de baile antes de que llegue en Red Bull BC One Camp.
La champeta es una especie de machete que los marineros usaban en los puertos de Colombia para limpiar las escamas del pescado. Ese metal frío y afilado, nada tiene que ver con la cultura urbana afro, tremendamente caliente, a la que dio nombre en los años 70 y que a día de hoy sigue provocando sofocos en las calles de Cartagena de Indias. Porque, digámoslo ya, la champeta es puro sexo bailado. Tienta verlo como la respuesta latina al twerk, pero lo cierto es que, más que enfrentados, ambos bailes están hermanados. Para los no iniciados, podríamos definir la champeta como una coreografía con sabor africano (al fin y al cabo, proviene de aquellos esclavos que los españoles llevaron a América) que recuerda a la sensualidad del tango y la lambada pero con la pericia técnica y las contorsiones propias del breaking.
El epicentro de este baile que se ha ido extendiendo por todo el país y rebasando las fronteras colombianas es la deslumbrante Cartagena de Indias. La champeta, tanto el estilo musical (ojo a artistas como Twister el Rey, Mr.Black, Anne Swing, Charles King o Eddy Jey) como el baile urbano, surgió en sus calles al calor de los “picós”. Así se llamaba a las camionetas donde se cargaban los elepés y los altavoces para crear discotecas al aire libre en cualquier plaza o descampado, una versión caribeña de los “soundsystem” jamaicanos.
Esas verbenas improvisadas a las que acudía la gente humilde a finales de los 60 a tomar, sudar y gozarlo siguen recreándose en cualquier rincón del país. Eso sí, ahora con modernos equipos de sonido que calientan e incitan a pasos como la camita, el espeluque o la hamaca. Aunque, quizás el más loco sea el caballito, trotes combinados con aperturas muy locas de piernas. Pero todo empieza con la camita: en los primeros compases del tema el hombre flexiona las piernas y las separa en señal de control y resistencia. El objetivo es sostener a su pareja, que debe lanzarse sobre él con las piernas bien abiertas. Ambos, al compás de ese ritmo calentito, se balancean y caen recostados sobre cualquier soporte que se encuentre a mano. Empieza un delirio de frotes, meneos y embestidas que hace subir la temperatura del ambiente.
Toda la sensualidad y perreo que rodea a la escena champetuda hizo que, hace dos años, las autoridades colombianas pusieran sobre la mesa prohibirla, al menos, para los menores de edad. Y es que decían que este baile fomenta las violaciones y los embarazos no deseados. De hecho, la champeta también está asociada la violencia, no lleva el nombre de un machete por casualidad. Cuando las verbenas acababan en reyerta, era habitual que se sacaran los cuchillos para retarse.
Hoy en día, esa violencia es algo marginal pero el erotismo del baile continúa intacto. Por ello, Antonio Salim Guerra, un concejal del partido conservador Cambio Radical planteó a finales de 2015 la prohibición de bailar champeta a los menores de Cartagena. Según afirmó con vehemencia, este estilo ejercía una «erotización traumática», ya que «genera un ambiente propicio para la pedofilia y la explotación sexual infantil». En San Basilio de Palenque, una localidad cercana a Cartagena de Indias, se llegó a organizar una votación clandestina para prohibir este baile. El veto a la champeta ganó por unanimidad. Una regresión para un pueblo conocido por su pasado libertario, ya que San Basilio fue la primera localidad libre de América, allí huían los esclavos africanos que conseguían escapar de sus amos.
Lo cierto es que champeta siempre ha tenido mala fama entre las élites colombianas. Su propio nombre remite a los arrabales, a gente humilde y carente de cultura. Y, sin embargo, su sensualidad ha hecho que se expanda por toda Colombia y rebase sus fronteras. Cualquier plaza es buena para desbocarse con el caballito o dejarse caer en la camita. Además, cada vez se valora más la pericia técnica a la hora de ejecutar sus pegajosas posturas y los concursos de champeta son cada vez más frecuentes dentro de la cultura oficial de Cartagena. Pero todo ello sin conseguir domesticarla. A la radiofórmula española ya han llegado artistas champetudos como Kevin Florez (La invité a bailar). Es cuestión de tiempo que este veamos a la muchachada entregada a este ritmo frenético y demasiado caliente según algunos políticos colombianos.