Grupo de corredores en Nueva York
© Jordi Anguera
Running

Otoño en Nueva York

Halla razones para correr el maratón más emblemático del mundo repasando algunas imágenes de su última edición.
Por Alberto Hernández
4 minutos de lecturaPublished on
Es el más carismático del planeta. El que la inmensa mayoría de los fondistas vocacionales quiere correr. El que alimenta millones de sueños, tantos como personas se ponen las zapatillas cada día pensando en que quizás, en un futuro cercano, puedan acudir a regar con sus zancadas la Gran Manzana.
Este año han cruzado su meta 50.766 runners; el maratón más multitudinario de 2017. Nosotros hemos tenido la fortuna de estar en primera línea y, siendo honestos, no podemos hacer otra cosa que ratificar lo que todos dicen: no hay otro semejante. Al menos una vez en la vida un amante del deporte (nótese que no decimos del running) debería ponerse su dorsal.
Un madrugador cruza corriendo Times Square

Un madrugador cruza corriendo Times Square

© Jordi Anguera

Las jornadas previas, por obra y gracia del jet lag, madrugar no es un problema para los que proceden del viejo continente. Y nada mejor que salir a las calles para ver despertar la ciudad (aunque ya sabéis que nunca duerme) cabalgando a lomos de nuestras zapatillas.
Los días previos los runners toman las calles

Los días previos los runners toman las calles

© Jordi Anguera

Al 2017 TCS New York City Marathon fueron a correr personas de 139 países. No extraña que, como sucede cada curso, el paisaje de la urbe se viera salpicado por entusiastas en mallas que aguardaban su momento para saltar a escena (y para eso nada mejor que trotar por Broadway, como este trío de atletas populares).
Tienes el dorsal; la aventura comienza

Tienes el dorsal; la aventura comienza

© Jordi Anguera

En la feria del corredor, situada a orillas del río Hudson, comienzas a sentirte especial. Vas a ser protagonista de un evento único. Allí recoges el dorsal y, de paso, quemas la tarjeta de crédito en las decenas de stands que convierten el lugar en una especie de Disneylandia para amantes del desgaste de suela.
El Puente de Verrazano es un icono del running

El Puente de Verrazano es un icono del running

© Jordi Anguera

Lo que ves al fondo es el Puente de Verrazano, el punto de inicio de un fabuloso viaje por los cinco distritos (boroughs) de Nueva York: Staten Island, Brooklyn, Queens, El Bronx y Manhattan. Muchos pueden observarlo desde la perspectiva de esta foto; la vista contraria ya es cosa de privilegiados.
Flanagan se convirtió en la gran jefa

Flanagan se convirtió en la gran jefa

© Jordi Anguera

21.088 mujeres terminaron la carrera. La más rápida fue Shalane Flanagan (la más a la izquierda de la imagen), primera americana en lograr la victoria desde 1977. La subcampeona olímpica, de 36 años, logró una marca de 2:26:53, la segunda mejor de una atleta americana en la historia de la prueba. Antes del pistoletazo de salida había declarado que muy probablemente este sería su último maratón... Tras su tremendo éxito seguro que revisita sus palabras.
Kamworor logró su primer triunfo en un maratón

Kamworor logró su primer triunfo en un maratón

© Jordi Anguera

En el centro de la instantánea, de blanco y con el pelo rapado, pueden ver a un doble campeón del mundo de cross y medio maratón. El pasado 5 de noviembre Geoffrey Kamworor añadió a su hoja de servicio el triunfo en las 26.2 millas más famosas del orbe. El keniano acreditó 2:10:53, suficiente para conquistar su primera victoria en la distancia tras siete tentativas.
El ultrafondista Asier Cuevas, primer español

El ultrafondista Asier Cuevas, primer español

© Jordi Anguera

Este vasco de Eibar, tan buen tipo como ultrafondista (campeón de Europa y subcampeón mundial de 100 km) fue el primer español (31º) con un tiempo de 2:30:00. En la clasificación M40 (mayores de 40 años) Asier Cuevas ocupó la segunda plaza.
Los sueños en NY se materializan a gran velocidad

Los sueños en NY se materializan a gran velocidad

© Jordi Anguera

Pasan rápido y pasan muchos. Cada metro es un homenaje a los meses de entrenamiento necesarios, a los sacrificios, a las renuncias... No preguntéis si merece la pena porque ya os podéis imaginar la respuesta.
A veces hasta el público tiene alma de voluntario

A veces hasta el público tiene alma de voluntario

© Jordi Anguera

El neoyorquino siente la carrera como suya, por eso se echa a la calle para agasajar a los participantes. Esto que ves no es un avituallamiento oficial, es un vecino que el día anterior fue al supermercado porque sabía que a la altura del kilómetro 28 (Primera Avenida) un poco de potasio siempre sería bien recibido.
Desde pequeños los neoyorquinos aman su carrera

Desde pequeños los neoyorquinos aman su carrera

© Jordi Anguera

¿Cómo vas a pararte? Es imposible dejar de ir hacia adelante cuando tienes de tu lado animadoras tan fantásticas como esta... Y multiplica por cien mil.
Central Park, cuando sabes que la meta está cerca

Central Park, cuando sabes que la meta está cerca

© Jordi Anguera

La aventura acaba en Central Park, que en otoño luce una belleza excesiva para los sentidos. Cuando llegas a su interior tus piernas parecen de otro, pero un vistazo a izquierda y derecha bastan para saber que vas a llegar a la meta y convertirte en miembro de un selecto club: el del 1.176.542 finishers acumulados desde 1970.
A los corredores se les profesa un trato especial

A los corredores se les profesa un trato especial

© Jordi Anguera

¿Algo más que añadir? No.
Aquí cada uno corre como le sale de las... piernas

Aquí cada uno corre como le sale de las... piernas

© Jordi Angera

Para la gran mayoría esto no es una competición, es una fiesta. Y como tal acudes a ella. ¿Vestida de hamburguesa? Pues vestida de hamburguesa. No serás el único que custodia su apariencia; verás a Spiderman, Michael Jackson, El Capitán América, guerreros Incas... Y puede que incluso a Donald Trump (ahí debes especialmente fuerte para no venirte abajo).
La sensación de saber que eres finisher

La sensación de saber que eres finisher

© Jordi Anguera

Derrotas a Filípides y sales del parque con la medalla y el poncho (suele refrescar) que te entrega la organización. Y, sobre todo, con una sonrisa de triunfador que no te van a arrebatar ni en un millón de años. ¿No te lo crees? Ven en 2018 y nos cuentas.