El otoño tiene los puentes nacionales, el invierno la Navidad, la primavera la Semana Santa y el verano las fiestas patronales. No importa en qué lugar del mundo estés o la cantidad de años que lleves viviendo fuera, cada verano la habitual diáspora queda en suspenso cuando tu pueblo te recibe de nuevo para la celebración de sus ansiadas ferias.
Una situación que se repite cada año a lo largo y ancho de todo el país. Experiencias personales llenas de particularidades en las que sin embargo existe una sensación de universalidad gracias en gran medida a las ferias, esos micromundos atemporales de la fiesta y lo castizo que recorren de manera itinerante todos los municipios.
Puede que ya conozcas las fechas de inicio de las fiestas, puede que hayas visto carteles detallando las actuaciones, puede incluso que hayas recibido el programa completo en el buzón, pero nada certifica tanto el inicio de las fiestas como la llegada de esa famosa línea de caravanas y camiones.
¿Quién no se ha escapado alguna vez cuando era niño/a a ver cómo montaban los puestos y las atracciones y a comprobar si tus favoritos habían regresado tras un año de espera?
Ya no te escapas, ya no conoces a los feriantes, pero la sensación al entrar por primera vez a ese espacio inundado de olores de lo más variopinto, llamativos colores y luces que te atraen en todas direcciones, y una ruidosa sinfonía de canciones de verano mezcladas con comentarios jocosos a través de la megafonía sigue siendo la misma.
Ya seas del norte, del sur, tenga tu pueblo mucha o poca población, sea 1999 o 2018 la feria es la misma, su esencia es eterna y se muestra absolutamente inmutable frente al cambio.
Un espacio atemporal y único capaz de congregar a un público heterogéneo, procedente de diversas clases sociales, que en circunstancias normales no suele mezclarse, y sin embargo, encuentra en la feria un lugar de reunión perfecto.
¿Será por las tómbolas con su speaker y su secretario, sus bicicletas y sus paletillas de jamón? ¿Será por los juegos de puntería que ponen a prueba a partes iguales tu orgullo y tu bolsillo a cambio de peluches?
¿Será por las atracciones, La Olla, El Toro Mecánico, La Cárcel, El Barco Pirata, El Saltamontes y por supuesto, Los Coches de Choque con ese feriante capaz de ir marcha atrás que durante todos tus años de infancia fue tu máximo ídolo?
¿O será por los puestos de comida, el algodón de azúcar, los vasitos de coco, las manzanas caramelizadas, los bocadillos de panceta, los encurtidos, las salchipapas…?
Puede que la respuesta sea que no existe una sola respuesta, que no hay una única razón, que es por todo y por nada a la vez. Puede que la magia de las ferias resida en la incógnita o puede que todo sea mucho más simple y nuestro amor por las ferias resida en la nostalgia, en la búsqueda de experimentar aunque sea sólo por un instante la emoción y la alegría que sentíamos allí cuando éramos niños/as.