Estamos tan acostumbrados a viajar a bordo de este enorme vehículo del aire que nunca nos lo planteamos: ¿por qué vuelan los aviones? Todo es gracias a cuatro fuerzas que actúan sobre el aparato durante el vuelo: la resistencia, el empuje, la sustentación y el peso. Actúan en pares, la resistencia es opuesta al empuje y la sustentación hace lo propio con el peso. Cuando ambos vínculos se ponen en marcha, la fuerza neta equivale a cero y el avión se mantiene a flote. Sin embargo, esto es posible también por la maquinaria que forma parte de la aeronave. Hablamos del motor, el tren de aterrizaje, las hélices o la cola, entre otros.
Pero ¿qué pasaría si el avión no contara con ninguno de estos elementos? ¿Podría volar? Los antiguos maestros de la aviación responderían a estas preguntas con un no rotundo, no obstante, las nuevas generaciones han conseguido lo imposible: hacer volar un avión sin la mayoría de estas piezas.
El primer avión sin partes móviles
Ingenieros del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) han construido y puesto en práctica el primer avión sin hélices o turbinas en el sistema de propulsión. En su lugar, han recurrido a un sistema conocido como ‘viento iónico’ o empuje electroaerodinámico, que consiste en un flujo silencioso y poderoso de iones que se genera a bordo del avión y que produce energía suficiente para impulsarlo en un vuelo sostenido y constante. Este método revolucionario provoca también que el vehículo no necesite combustibles fósiles para funcionar, convirtiéndolo en un medio de transporte responsable con el medio ambiente.
Tal y como han confesado sus creadores, la principal fuente de inspiración han sido las lanzaderas futuristas que aparecen en las películas y la serie de televisión de ‘Star Trek’. “Esto me hizo pensar que, en el futuro a largo plazo, los aviones no deberían tener hélices ni turbinas. Deberían ser más como las lanzaderas en 'Star Trek', que tienen solo un brillo azul y se deslizan en silencio”, asegura Steven Barrett, profesor asociado de Aeronáutica y Astronáutica en el MIT.
El diseño final es una especie de aeroplano que pesa alrededor de 2,30 kilogramos y tiene una envergadura de 5 metros. Además, incluye unos alambres delgados que actúan como electrodos cargados positivamente, mientras que otros cables más gruesos trabajan de manera similar pero con electrodos negativos. Por su parte, el fuselaje del avión cuenta con una pila de baterías de polímero de litio con la potencia suficiente como para impulsar el avión: más de 40.000 voltios. Por el momento, este ha recorrido sin ningún esfuerzo una distancia de 60 metros, aunque los investigadores del MIT tienen planes más ambiciosos para su nueva creación.
El futuro de la aviación
"Llevó mucho tiempo llegar aquí. Pasar del principio básico a algo que realmente vuela fue un largo viaje de caracterización de la física, luego se nos ocurrió el diseño y funcionó. Ahora, las posibilidades para este tipo de sistema de propulsión son viables”, añade Barrett. Así, su equipo sigue trabajando a pleno rendimiento para aumentar la eficacia del diseño, producir más viento iónico con menos voltaje e incrementar la densidad de empuje de la aeronave. Todo ello con el objetivo de utilizar estos sistemas de propulsión para hacer volar drones menos ruidosos o crear aviones de pasajeros híbridos más eficientes en cuanto al combustible.