En las abruptas Barrancas del Cobre, ubicadas en la Sierra Madre Occidental mexicana, sobrevive una tribu de indios conocida por su gran capacidad para correr a diario largas distancias. Larguísimas. Son los rarámuri. Se hicieron internacionalmente famosos tras la publicación del libro Nacidos para Correr, escrito por el periodista Christopher McDougall, quien tuvo la oportunidad de pasar unos días en sus poblados y conocer de cerca su modo de vida.
Un modo de vida ancestral y minimalista radicado en una alimentación básica en el que el pinole se erige como alimento principal. Un producto obtenido a partir del maíz molido que les permite conseguir la energía suficiente para recorrer kilométricas distancias. Y es que solo así, haciendo ultramaratones por las barrancas, logran sobrevivir. Ante la ausencia de transportes y debido a lo abrupto del terreno, intransitable y peligroso por sus afilados perfiles, se ven obligados a desplazarse lejos de sus casas en búsqueda de alimento. Lo que para cualquier urbanita sería una auténtica tentativa a la muerte, ellos lo han convertido en un estilo de vida. Una obligada rutina que les permite sobrevivir con sus milenarias costumbres.
Humildes, sencillos y minimalistas, los indios rarámuri fabrican sus propias ropas y calzado. Tanto hombres como mujeres visten anchas blusas y vestidos floreados; con ellos corren semejante puñado de kilómetros. Nada de camisetas transpirables, tejidos técnicos y ropas compresivas. Para proteger sus pies elaboran unas sandalias llamadas huarache, fabricadas con gomas de neumático. Es un calzado similar al que llevaban los antiguos soldados romanos. Sin amortiguación, sin protección, sin tecnologías que les ayuden ante el hostil terreno por el que transitan.
Su mayor pasatiempo es el Juego de Bola, una actividad lúdica que también se fundamenta en recorrer largas distancias. Conducen una pelota fabricada de raíces vegetales a lo largo de un itinerario acordado previamente. Un recorrido que suelen alcanzar distancias entre los 100 y 200 kilómetros. A este particular juego ellos le llaman el rarajípari.
Por supuesto, este modo de vida basado en los ultramaratones en plena naturaleza despertó la curiosidad de muchos. Un avezado tipo llamado Rick Fisher no tardó en presentarse en las Barrancas del Cobre y seleccionar a los mejores corredores de la tribu para llevarlos a Estados Unidos a competir en pruebas de ultramaratón. Al principio los rarámuri no parecieron muy convencidos, pero las promesas de Fisher de abastecer los pueblos con arroz y maíz en épocas de sequías, persuadieron a los inocentes deportistas mexicanos.
Así, a lo largo de los años 90 el bueno de Fisher negoció con las más importantes carreras de larga distancia de Norteamérica la participación de los misteriosos indios rarámuri. Los propietarios de esos eventos ardían de curiosidad por verles competir contra los equipados y preparados atletas locales. Fue en 1992, en la Leadville Trail 100 (carrera de 100 millas en lasMontañas Rocosas, Colorado), la primera ocasión en la que los mexicanos se presentaron con sus vestidos floreados y sus sandalias huarache. Pero Fisher tenía otros planes para ellos: les dio unas vanguardistas zapatillas de correr, con cámara de aire y espumas de amortiguación. Poco antes de llegar al ecuador de la competición, los cinco mexicanos abandonaron.
Al año siguiente, en el mismo escenario, la película tuvo diferente final. Victoriano Chorro, uno de los mejores corredores rarámuri del momento, se adjudicó la victoria con autoridad. Tres de los cinco primeros clasificados fueron indios de las barrancas. Durante los años posteriores fueron más que habituales las presencias de los rarámuri en distintas pruebas de ultramaratón americanas, logrando resutados notables y sonados triunfos.
Hasta que cierto día la ambición de Rick Fisher y su modelo de negocio a costa de los entusiastas rarámuri terminó por jugar en su contra. Aquella generación de corredores tarahumara (así conocidos por habitar en la sierra Tarahumara) regresó de manera definitiva a su poblado y no volvieron a dejarse seducir por ninguna promesa “norteña”.
Muchos años más tarde apareció otro grupo de atletas rarámuri, algo más abiertos y modernos que sus antecesores, y se atrevió a viajar incluso a Europa para competir en ultramaratones de prestigio. Obtuvieron resultados notables y, por supuesto, corrieron con sus blusas de colores y sus simbólicas sandalias huarache.